Ultimamente venía pensando en Reagan y Thatcher, dos ídolos con, para mí, un gran punto a su favor: evitaron que su país se convirtiera en un país peronista.
A mí, personalmente, no me gustan sus facetas conservadoras más reaccionarias. Pero aquello sólo, viendo la vuelta de las cosas en Argentina y, sobre todo, los Estados Unidos de O-Bomba, me lleva a considerarlos de maravilla.
Quería hacer una reinvidicación de aquella lucha contra "los muchachos peronistas británicos" por parte de la señora. Justo, Luis del Pino hizo este editorial, que le tomo prestado, para su programa de radio, Sin Complejos, EsRadio, España.
A principios de la década de 1970, los sindicatos ingleses constituían un auténtico poder dentro del Estado. Uno de cada dos trabajadores estaba sindicado, fundamentalmente porque para trabajar en ciertos sectores era obligatorio sindicarse. El recurso a la huelga era constante y los piquetes se encargaban de garantizar que esos conflictos laborales fueran secundados por todos los trabajadores de los sectores afectados, e incluso también de otros sectores. Para colmo, la influencia de los sindicatos dentro del Partido Laborista era enorme, lo que contribuía al radicalismo de la izquierda británica.
Fueron los sindicatos los que provocaron el descrédito del primer ministro conservador Edward Heath, que perdió las elecciones en 1974, cediendo el gobierno a los laboristas. Dentro del Partido Conservador, la caída de Heath abrió la puerta a una desconocida Margaret Thatcher, que venía a capitanear la derecha con ideas renovadas.
Cinco años después, en el invierno de 1979, los sindicatos llevaron a Gran Bretaña a un completo caos, paralizando el país con una serie de huelgas que terminaron de convencer a la opinión pública de que había que acabar con el perpetuo chantaje sindical. El hartazgo de los ingleses hizo que Margaret Thatcher obtuviera la mayoría absoluta, pasando el gobierno otra vez al Partido Conservador.
Los sindicatos recibieron a los conservadores con una nueva oleada de huelgas, pero Margaret Thatcher, sin ningún tipo de complejo de inferioridad ante la izquierda, comenzó por cambiar la legislación para quitar a los sindicatos el desmesurado e injustificado poder del que disponían. Se eliminó la obligatoriedad de afiliación, se declararon ilegales los piquetes, se declararon ilegales las huelgas generales y se estableció por ley que todas las huelgas tenían que ser aprobada por votación de los trabajadores afectados, en lugar de ser decididas, como hasta entonces, por la cúpula sindical.
No solo eso. Thatcher utilizó sin reparos a la sección de inteligencia interior del servicio secreto británico, el famoso MI-5, para infiltrar el movimiento sindical y propiciar la desunión, alentando el ascenso de líderes sindicales más moderados.
Tras una nueva victoria por mayoría absoluta en 1983, Thatcher anunció la intención del gobierno de reformar el sector de la minería del carbón, altamente subsidiado, que constituía una auténtica sangría para las arcas públicas británicas. Entre otras medidas, se decidió cerrar 20 pozos improductivos. Los sindicatos reaccionaron convocando una huelga indefinida del sector, dado que el sindicato del carbón era una de las espinas dorsales del movimiento sindical. Para poder resistir una huelga prolongada, los sindicatos contaban con la caja de solidaridad, que permitía pagar a los mineros en huelga un sueldo reducido, que salía de las contribuciones de todos los trabajadores británicos sindicados.
Pero Thatcher aguantó el tipo. Utilizó a la policía con contundencia para mantener abiertos aquellos pozos donde los mineros habían decidido trabajar, emprendió una intensa campaña de convencimiento de la opinión pública para dejar patente el chantaje de los sindicatos y se aprovisionó de carbón en el exterior, para no depender de aquel sector que había quedado paralizado.
A medida que iban pasando los meses, la moral de los huelguistas se iba resquebrajando y poco a poco comenzaron a descolgarse. En marzo en 1985, después de todo un año de huelga indefinida, más del 50% de los trabajadores del sector habían vuelto a las minas, con lo que la huelga se tuvo que dar por concluida. Los sindicatos habían cosechado una derrota sin paliativos y enormemente simbólica, y su poder quedó anulado para siempre. A finales de la década de 1980, la afiliación a los sindicatos había caído a la mitad y ya nunca volvieron a ser el grupo de presión que habían sido, lo que tuvo profundas consecuencias en la economía y en la política inglesas. Por lo pronto, el Partido Laborista se vio libre para adoptar posturas menos radicales, que terminarían haciendo posible, años después, a un dirigente como Tony Blair.
(...)
La forma, siempre reiterada, de los editoriales con que abre su programa Del Pino es la de presentar, en una primera parte, una historia relacionada, pero no exactamente igual a la del tema que va a editorializar, para después pasar a éste mostrando paralelismos y diferencias.
Esta es sólo la primera parte del editorial, después pasa a la relación de esta historia con el flamante presidente español, Mariano Rajoy, y los sindicatos españoles.
Para escuchar el programa completo seguir este enlace. Para leer el editorial completo seguir este otro.
Una advertencia: Cuando lean o escuchen que el Presidente de España les paga el sueldo a los sindicalistas no se trata de una metáfora. En España, por ley, los sindicatos están subvencionados por el Estado, más allá de los aportes de sus afiliados.
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| "Argentina: 50 años exportando peronismo." |