Me motiva el presente post
el coso ese que salió a decir boludeces
que no quise escuchar. Ya estoy grande –que no viejo: grande-, con un poquito más
de tiempo que el coso ese, pero con demasiado vivido para escuchar a los cosos
esos. Y el ver la cara de imberbe del fulano.
Me dirán ustedes que prejuzgo.
Que no se puede hablar sin haber escuchado y evaluar a alguien meramente por la
cara. Pues no. Conozco el contexto donde se produce la acción, lo vengo viendo
y escuchando. Y una cara dice mucho. Tener cuarenta y uno y una cara de
veintiuno dice mucho de quien la porta (Y después de los cuarenta, dicen, uno
es responsable de su cara.). Para el que sabe leer. Si no me creen, allá
ustedes. Sumadas ambas cosas, discurso y cara, el resultado no es bueno.
El asunto es que el fenómeno del
kampforrismo –ahora verán por qué uso esta expresión para referirme al mismo-
en el ámbito político actual me hace acordar a otro parecido, ocurrido en el
ámbito empresarial, sobre todo bancario, a fines de los noventa, más bien
arribando a la crisis del dos mil uno.
La historia que refiero me fue
comentada en la época por amigos y conocidos que trabajaban en esos lugares.
En esa época, los bancos
empezaron a despedir a sus gerentes más antiguos y de más edad –no demasiada
por cierto, el caso mayor que conocí era de treinta y tantos años, casi
cuarenta- de niveles medios y a reemplazarlos por jóvenes de veinte y tantos
años.
El fenómeno era extraño. Es
sabido, para ocupar determinados cargos hace falta cierta experiencia y esta
viene, necesariamente, con algún tiempo de tarea efectiva y eficaz realizada en
el medio para el cual el sujeto asume el cargo jerárquico.
De repente esos puestos
gerenciales se llenaron de jóvenes de poco más de veintisiete años, no más de
treinta y dos. Puede parecer que no era mucha la diferencia con los ocupantes
tradicionales de esos puestos. Tal vez un poco, pero lo suficientemente mayores
para esos cargos.
Los muchachos estaban exultantes
en sus cargos. Habían arribado de
golpe a cargos altos para ellos, los cuales deseaban y esperaban, porque
todavía les faltaba tiempo y experiencia, edad, para que les fueran otorgados.
La ego manía estaba a la orden del día. Y no tanto por el monto del ingreso,
sino por el cargo mismo.
Por supuesto, los muchachos no tenían la experiencia ni la capacidad
para el ejercicio de las funciones del puesto. Pero ahí radicaba el punto.
Hacían lo que les decían sus
superiores. Los consultaban para muchas cosas. Se referían casi constantemente
a ellos. Prácticamente en muchas operaciones tenían que levantar el teléfono o
levantarse de la silla para consultarlos. Tenían una fuertísima dependencia de
ellos. No sabían si podían o cómo hacerlas. También les eran encomendadas
muchas operaciones por sus superiores, las que realizaban puntillosamente, en
tiempo y forma, sin saber si podían o no hacerlas.
De todas formas ellos estaban por
las nubes. Estaban en una posición de management inhabitual para su edad en su
ámbito laboral. Se creían más y otra cosa de lo eran.
Lo cierto es que fueron puestos allí para que sus superiores
jerárquicos pudieran realizar ciertas operaciones para nada limpias en la
crisis que se estaba viviendo soterradamente antes y abiertamente durante y
poco después del estallido del dos mil uno. Su inexperiencia, desconocimiento, ingenuidad y el subidón egótico de
verse en un cargo alto -para el cual, de algún modo, sabían no les daba el
cuero aun- hacían de ellos el elemento ideal para la manipulación. Con esos cuadros imberbes en esos puestos
fueron posibles ciertas maniobras en aquellos tiempos. Sus antecesores en
el cargo, algo mayores, con experiencia y conocimientos, no hubieran consentido,
hubieran discutido o pedido bonus mucho muy altos para realizar determinado
tipo de manejos que eranm nñas o menos o directamente, ilegales. A los
muchachos más jóvenes se los manipulaba mejor y eran un buen fusible llegado el remoto
caso de alguna investigación legal o judicial.
Pasada la crisis, vuelta la
estabilidad y comenzado el crecimiento económico posterior al dos mil tres los
muchachos fueron despedidos. Así como lo habían sido sus compañeros mayores que
habían ocupado el cargo antes.
Había que borrar las huellas de
un pasado turbio. Las altas jerarquías,
que -por supuesto- siempre permanecen en
sus cargos, no quieren gente que les
esté golpeando la puerta y les pueda reclamar por haberles prestado servicios
en un pasado de operaciones turbias, el resto de su carrera en la institución.
Y así termina esta historia.
No sé qué fue de los muchachos tan
prontamente ascendidos como despedidos. Ni me importa. Que les den. Se lo
merecen, tanto por ingenuos como por agrandados. Esos tipos se creyeron la
mentira que les vendieron y, tal vez en el transcurso, jodieron a mucha gente.
Su fugaz éxito puedo haber implicado el fracaso permanente de otros. Repito: ¡Que
les den!
Tampoco, porque les perdí el
rastro, de los antiguos, los despedidos antes. Estos si me interesan. Eran
buenos tipos que hacían bien su trabajo, conocían el ámbito en donde se movían
y no se comían ninguna. No te miraban por encima del hombro, ni se daban corte
por el cargo que tenían y que, realmente, se merecían, sólo lo disfrutaban. Uno
se podía sentar con ellos a conversar en un bar de cualquier cosa de la vida o
que nos interesase. Te daban un buen consejo sobre el mercado si se los pedías.
Tenían hobbies, mujer, hijos, perro, casa, auto, caries, dolores, alegrías y
frustraciones. Como cualquiera de nosotros. Y, lo más importante, sus decisiones, cuando tenían que tomarlas,
no le arruinaban la vida a todo un país.
El uso de los jóvenes adultos por los viejos mayores para el triunfo y
la conservación de estos es lo que ocurre cuando aquellos ascienden prontamente,
ocupan cargos que son para los adultos en la medianía. Y que sólo muy excepcionalmente
podría ocupar algún joven en extremo aventajado con respecto a sus
congeneracionales, pero no toda su generación.
No otra cosa fue la Revolución
Cultural maoísta y todas las maniobras contemporáneas en donde se le otorga un demagógico
protagonismo a la juventud, el cual esta no puede tener por su natural incapacidad.
Y que no implica ningún merito, más bien
por el contrario, en ella.
Deberá saber el joven aspirante a
consultor de príncipe lo que en carne
propia supo, y de lo que dejara posterior constancia escrita, aquel que fue el
primero entre todos. El nunca bien ponderado Nicolás Maquiavelo. Quien, en los
tumultuosos y confundidos tiempos del peronista Savonarola, teorizó en extenso y en moderno el apotegma
de los antiguos romanos: Sic transit gloria mundi.