En la casa de mi abuelo había una biblioteca con unos libros de tapa dura que eran -mucho después me di cuenta- de una colección muy fina. Evidentemente, o venían ya con la biblioteca, o la había hecho hacer, porque toda la colección entraba justo, ese mueble estaba hecho a medida para su contenido, lo que retrospectivamente me parece una delicadeza de tiempos que ya no están.
Veía a mi abuelo una vez por año, dos quizás, porque nosotros vivíamos en Comodoro y toda mi familia por parte materna era de Bahía Blanca. Nos hospedábamos en su casa todos los veranos y recuerdo que me fascinaba su estudio: sus dos paredes completas del piso al techo de tomos de La Ley, su escritorio con la máquina de escribir de principios de siglo, el reloj de madera que nunca anduvo pero que le daba cuerda y le movía las manecillas para escuchar las campanadas, el bustito de bronce de San Martín sobre el mármol que tenía el tintero antiguo, el cortapapeles, el secante. Él ya no ejercía, pero estaba todo en su lugar en ese estudio, todo limpio, todo ordenado, todo como congelado en el tiempo. Y la biblioteca, en el pasillo. De chico siempre me gustó leer, y de esa biblioteca me entretuve en varias vacaciones con los Julio Verne, los Esopo, los Iriarte, los Samaniego (me encantaban las fábulas, además, por cortitas y amenas para la atención dispersa de un nene) y alguna obra bufa de teatro que ya no me acuerdo. Pero sí recuerdo, de entre todos los tomos, los de Amalia, de José Mármol, y el Facundo de Sarmiento. Dos nombres esos títulos, ahora que me doy cuenta. Traté de empezar ambos alguna vez, pero era chico y no entendía y me aburrí y los dejé.
Hoy, Kindle mediante, y haciendo mi propia biblioteca que seguramente y por algún lado se remonta a aquélla (no borro los libros que voy leyendo, los voy dejando guardados en el aparato, me gusta verlos ahí y saber los que leí, los que me esperan,) encontré el Facundo y lo bajé por pura
saudade nomás, y después de terminar Mrs. Dalloway lo empecé.
Me encanta el viejo ese. De algunas anécdotas que le conozco ya me resultaba simpático, pero leerlo es un placer y uno encuentra, en el Facundo, un poco de las raíces de las grandezas y perdiciones de la Argentina. Un párrafo de muestra:
Da compasión y vergüenza en la República Argentina comparar la colonia alemana o escocesa del Sur de Buenos Aires y la villa que se forma en el interior; en la primera las casitas son pintadas, el frente de la casa siempre aseado, adornado de flores y arbustillos graciosos; el amueblado sencillo, pero completo; la vajilla, de cobre o de estaño, reluciendo siempre; la cama con cortinillas graciosas, y los habitantes, en un movimiento y acción continuos. Ordeñando vacas, fabricando mantequilla y quesos, han logrado algunas familias hacer fortunas colosales y retirarse a la ciudad a gozar de las comodidades.
La villa nacional es el reverso de esta medalla: niños sucios y cubiertos de harapos viven con una jauría de perros; hombres tendidos por el suelo en la más completa inacción; el desaseo y la pobreza por todas partes; una mesita y petacas por todo amueblado; ranchos miserables por habitación, y un aspecto general de barbarie y de incuria los hacen notables.