¿Cuarta vía? Este post tocó un tema muy interesante, que es el de la prestación privada pero subsidiada por el estado, de los servicios de lo que se suele denominar seguridad social.
Si bien por principio estamos en contra de que el estado pague por servicios que el mercado puede prestar mucho mejor y que la caridad puede hacerlos llegar a los más desafortunados, la realidad es que hoy una mayoría en todas las sociedades modernas asume que el estado tiene que garantizar la salud, la educación, un subsidio ante el desempleo, el sustento a edad avanzada y, hasta cierto punto, la vivienda.
Quizás algún día esto cambie, pero no es algo que se vea en el horizonte, sino todo lo contrario.
Yo he venido pensando una propuesta, basándome en otras que he leído y en experiencias, que someto al juicio de los co-bloggers.
En una república virtuosa, todos estos servicios serían prestados en forma privada y las asociaciones de beneficencia los harían llegar a una minoría de desafortunados.
Pero las repúblicas de hoy en día, por muchas razones que no viene al caso comentar, están muy lejos de esa virtud.
El estado podría ignorar estas demandas de prestación de servicios de seguridad social, pero no por mucho tiempo, no bien los viejos empezaren a mendigar por miles por las calles, no bien comenzaren a aparecer miles y miles de mendigos y apareciesen multitud de cadáveres esqueléticos en las calles cada mañana, la sociedad demandaría que el estado se hiciese cargo. De hecho, ocurriría mucho antes.
Hoy empleados y empleadores aportan a un sistema de reparto. Los “activos” pagan las pensiones de los retirados con la esperanza de que los futuros “activos” harán lo mismo cuando aquellos se retiren.
Este sistema es un desastre por varias razones, pero me quiero concentran en que se convierte en un impuesto al trabajo. Un empleado cuesta más caro porque hay que hacer aportes jubilatorios. Esto desalienta la contratación y además alienta al mercado negro.
El ideal es un sistema de capitalización como el de las AFJP, pero ni siquiera los EE.UU. lo han podido implementar. Los Demócratas y muchos Republicanos frustraron un tibio intento de Bush en 2005.
Yo propongo que las pensiones jubilatorias salgan de rentas generales y que desaparezcan los aportes de empleados y empleadores. Hoy por hoy en Argentina, la mitad de los empleados está en negro y el problema es la desocupación. ¿Por qué utilizar un sistema que alienta el desempleo y la ilegalidad? De todas formas, el estado de una forma o de otra termina pagando las pensiones de los pobres y de los que no hicieron aportes.
Las personas podrían además contratar seguros de retiro, pero todo argentino tendría un haber mínimo asegurado a, digamos, los 65 años. Para evitar fraudes, se podría hacer que los argentinos naturalizados tuviesen este “derecho” sólo si se naturalizaran antes de, digamos, los 45 años.
En cuanto a la salud, la misma debería ser prestada por completo por el sector privado y el estado pagaría subsidios a aquellos que no pudiesen contratar un servicio privado. Se podría considerar pobre a quien no tuviese auto, casa propia ni televisor. El que tenga alguna de esas cosas, paga su seguro. Lo mismo podría correr para la educación, y también en ambos casos se podría utilizar el hermoso sistema de bonos del tío Milton.
El tío Milton propuso el
“negative income tax”, un sistema por el cual aquellos con un ingreso por debajo de cierto nivel, en lugar de pagar impuestos, reciben subsidios, financiados con los impuestos que pagan los que están por encima del nivel citado. Los que tuviesen ingresos en el nivel establecido, ni pagarían ni cobrarían.
Este sistema es precioso porque hace desaparecer por completo el sistema de seguridad social del estado que es una de los grandes azotes de las repúblicas, pero tiene un problema. En sociedades como la nuestra en las que los ingresos de la mayoría son desconocidos y muy difíciles de averiguar, es necesario buscar otra solución. Quizás las que propongo podrían serlo.
Soñar no cuesta nada.